jueves, 11 de mayo de 2017

La envidia de las frases que una debió escribir primero



Cuando comenté que iba a presentar Mundo salvaje, a mi alrededor mucha gente se emocionó. Un amigo que tomó talleres en Balmaceda 1215 me habló de Luis López-Aliaga como un profesor generoso, que tenía gestos desde decirles “tú vas a seguir escribiendo, tú tienes pasta de escritor”, hasta invitarlos a chelas después de clases. Es bonito presentar un libro de alguien que es querido por tanta gente.

A medida que leía Mundo salvaje, hubo tres ideas que fueron tomando forma y que quiero compartir ahora.

1. Lo conocido

En Mundo salvaje hay una dimensión conocida. “La literatura es siempre autobiográfica porque relata la vida de quien lee”, dijo Zurita en el lanzamiento de Black Out, de María Moreno. Sentí que Mundo salvaje me hablaba, como si estuviese escrito para mí.

Mientras leía escenas de olores masculinos o de erecciones, pensaba, ¿Luis López-Aliaga querrá que haga un análisis de género de esto? Sentí que el libro me hablaba, y no cualquier libro logra eso.

También encontré cosas que asimilo con Quiltras y en mi vida. Y pensaba, ¿son mensajes encriptados para mí? Lo sentía cuando leía frases como: “No conozco bien el nombre de los pájaros” o “nunca he sido bueno para identificar árboles” o al leer las historias de los perritos que aparecen en el libro. Yo pensaba, qué conectados que estamos o es que la literatura nos conecta o es que al final toda historia siempre es el mismo relato universal.

2. Lo desconocido

También hay una dimensión desconocida al leer Mundo salvaje. Hay escenas y mundos que sorprenden, como la relación entre dos tortugas en una situación de aprietos, la matanza descarnada de un chancho, hijos que golpean a sus padres, hombres con el corazón roto que son acompañados por monstruos nocturnos o por monitos del monte.

Esa relación, del mundo salvaje de los humanos y del mundo salvaje de los animales, me hizo pensar en una reflexión bellísima de Fernando Vallejo: “No me cabe en la cabeza que se mueran los animales. La gente no me importa, así se trate de un ser querido: está dentro del orden de las cosas. ¿Pero un perro? ¿Un caballo? ¿Un cerdo? ¿Una vaca? Tan humildes, tan desventurados… Se me hace una injusticia macabra del Monstruo de arriba que se mueran los que no conocieron la felicidad ni un instante”.

Creo que esa misma sensibilidad y dignidad respecto de los animales está aquí, en Mundo salvaje.

3. La técnica

No sé si podemos definir la literatura. No es una receta o un cuestionario de revista adolescente. No sé qué es la literatura, pero sé que es una mezcla de elementos que reconocemos cuando están juntos. La literatura es narrativa, es la filosofía en movimiento, es verbo no sustantivo, es la acción limpia, sin opiniones ni juicios. También es una buena frase que una subraya para que quede cristalizada y la acompañe para siempre. La literatura es una voz, una apuesta estética, una propuesta y una búsqueda de belleza. Todo eso está aquí, en este libro. Está la propuesta, con esos diálogos integrados, sin guiones, que me encantan. Está en cada chilenismo, en cada pichula, pichí o pico que escribe López-Aliaga. Está en los pequeños detalles vivos. No sé quién dijo “hay frases que uno debió haber escrito, pero alguien lo hizo primero”. Eso siento, la admiración y la envidia de esas frases que no escribí primero.

Se siente en la página 44, cuando López-Aliaga dice: “Su padre odiaba a los milicos, pero con él y con sus otros dos hermanos se portaba como un milico”. Y en la 63, cuando escribe: “Hoy es fácil seguirle la pista a alguien. Lo difícil es esconderse, no dejar huellas. O borrarlas”. Y en la 78: “Recuerdo que pensé que iba a tener que escribir un diccionario. Un diccionario para entender a Isidora”. Y en la 103: “Entonces José Miguel Ortiz le dijo que no, que no podía ser, que estaba tomando la decisión equivocada. A lo mejor, le dijo ella, pero es lo que quiero en este momento”. Y en la 125: “Ya encaminado, piensa también en eso de lanzarse a la vida, una incongruencia, la vida no es una piscina, lanzado está ya uno en la vida, desde siempre, chapoteando”.

Y no quiero agotar, pero también en la 149: “Me había peleado con mi familia, no comulgaba con ese orgullo de origen que, en la práctica, se volvía endogamia y parapeto ideológico, la argumentación de los privilegios que se saben inmerecidos”. Y en la 154: “En actitud marcial, con las manos tomadas tras la espalda, mi abuela Elena cantaba a toda voz el himno nacional de Chile. Pero le cambiaba la letra, por bromear o porque simplemente no se lo sabía, e intercalaba palabras en italiano, obscenidades casi siempre, pero que calzaban perfecto con la melodía. Por alguna razón esta ceremonia provocaba un especial disgusto entre los mayores, aunque ella terminaba siempre riéndose y a nosotros, los niños, nos contagiaba con su risa”. Y en la 170, en la página final: “Pienso que mi abuela Elena está enterrada en Temuco y que nunca he ido a visitar su tumba. Pero eso no importa, porque ella no está allí realmente, ella no está en ninguna parte, y si algo queda de ella no hay manera de tocarlo”. Y repito esa maravilla de frase: “si algo queda de ella no hay manera de tocarlo”.

Luis López-Aliaga no solo es un profesor generoso, es un cuentista impecable. No hay duda de que escribe bien, de que sabe contar historias, de que logra generar emociones antípodas, como la dulzura y la crueldad. Y sobre todo, lo que dije al comienzo: leer Mundo salvaje es como irse de vacaciones a un país nuevo y pasársela encontrando en lo desconocido cosas familiares. Que es, creo, una forma de compañía y también de belleza.

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