lunes, 27 de febrero de 2017

Para Melissa y Jose (o pequeño tratado sobre el amor)

 
A la Melissa la conocí por internet, como la mayoría de mis personas favoritas. La vi por primera vez en la radio Injuv, una vez que fui a hablar sobre la ley contra el acoso sexual callejero y ella estaba con la Romina Reyes animando Consejos de Belleza. La verdad, a la Melissa yo ya la conocía: la leía en The Clinic, la seguía en Twitter, había comprado El club de la carne. Después de ese encuentro en la radio, me escribió para ofrecerse como voluntaria del Observatorio Contra el Acoso Callejero. En ese tiempo la Myri y yo coordinábamos el área de Comunicaciones y cuando vimos el interés de la Mel, esta periodista tan seca, dijimos altiro que sí.


La citamos a una primera reunión en mi casa y la Mel llegó con el Jose. Ese día conocí al otro Gutiérrez y comenzó un espiral de descubrimiento, de cachar quién era esta rubia tatuada feminista y este crespo alto divertido, que nunca sé cuándo habla en serio y cuándo en broma. Ese día conocí a esta pareja tan bonita, que todas las personas que estamos aquí admiramos y queremos a nuestra manera.

Lo que voy a decir a continuación es real, no un cumplido porque estoy hablando en público en el matrimonio de la Melissa. Su presencia alegra mi vida. Ella piensa que es mala, porque tiene pensamientos perversos, como desear que la comida de la gente que le cae mal huela a vómito; quizá no se da cuenta de lo limpias que son sus intenciones y sus actitudes, de lo armónico que vuelve sus entornos, de lo dulce que es incluso cuando está defendiendo sus posturas políticas más intensas.

La Melissa es de esas personas que enseñan cosas sin darse cuenta. De esa gente que una admira y le dice al resto con orgullo: ella es mi amiga. Me gusta que sea tan de izquierda y que logre trabajar en consecuencia con sus convicciones. Me gustan las divagaciones que comparte cuando está carreteando. Me gusta sentarme cerca suyo en las reuniones del OCAC y escucharla en primera fila. También me gusta la postura tranquila y entusiasta que adopta cuando habla del Jose. Quizá soy muy conservadora o soy igual de romántica que esa niña que aparecía en Carrusel, pero me gusta la gente que pololea, en especial la que lleva muchos años y todavía se ríe de chistes cómplices y se besa con ganas.

Últimamente pienso mucho en el amor. Qué es. Cuánto tiene de genuino y cuánto de aprendizaje cultural. El feminismo hace que me cuestione esas cosas. Hace poco, leí una viñeta de Freddy Merkén, un dibujante chileno, en el que un tipo le pregunta a su polola cuánto lo ama y ella responde: el amor es la ilusión de que no moriremos solos. Me dejó pensando esa frase. Es la ilusión de que no moriremos solos. Tiene que ver con la compañía, con encontrar a alguien con quien gastar el tiempo muerto, las tardes después del trabajo, los fines de semana con las tiendas del centro cerradas, los veranos libres, el invierno lluvioso, la vejez inminente. Una persona con la que quemar las horas de ocio mientras nos reímos de lo mismo, aprendemos y nos enseñamos cosas que no sabíamos o nos recomendamos música, libros y series. Una persona que nos acompañe en la búsqueda de la belleza.

He bajado varios vasos con amigas intentando descifrar esto del amor. Y varia gente ha dicho lo mismo: es un sentimiento y también una decisión. Una siente cosas por personas específicas, una chispa, un fuego que quema y que atrae con una fuerza tan deliciosa que a veces duele. Esa loca y pequeña cosa llamada amor, como cantaba Queen. Cuando el universo es generoso, una encuentra personas que llegan a sentir lo mismo por una de vuelta. Entonces una siente la felicidad y el placer de fundirse con el objeto (o sujeto) del deseo. Cuando el universo es más generoso todavía, ambas personas deciden construir algo más con ese sentimiento y coinciden sus voluntades para quemar las horas de ocio. Ahí viene la entrega y el compromiso de cuidar ese fueguito, ese cariño, porque apostamos que su existencia nos hace mejores y más felices.

En nuestra sociedad, el matrimonio es una forma de proteger o potenciar ese sentimiento/decisión. Un amigo que en este mismo momento se está casando en Tomé me dijo hace poco: yo me caso para celebrar con quienes más quiero el deseo que tengo hoy de estar con la Leslie para siempre. La Myri nos contó una vez que cuando se casó con Jorge sus votos no dijeron “hasta que las muerte nos separe”, sino “hasta que el amor dure”. Últimamente pienso mucho en esta pequeña cosa llamada amor y no sé si dura para siempre o no. Lo que sí sé es que hoy está vivo dentro de la Melissa y del Jose, en este matrimonio tan bonito. Me emociona que sientan esa voluntad de quererse. Creo que todas las personas aspiramos a lo mismo, a encontrar esa compañía definitiva. Espero que el universo sea generoso con ustedes y que puedan albergar ese fuego por mucho tiempo. Incluso para siempre, si ustedes quieren.

No hay comentarios.: