martes, 27 de diciembre de 2016

Cuando defender una causa implica menospreciar otra



Es triste —e inútil— que las distintas voces y voluntades que pertenecen o representan a identidades históricamente vulneradas se tiren palos, en Twitter, en una marcha o en un carrete. Pasó hace unas semanas, con lo de la muñeca inflable en la ceremonia de Asexma. Leí, con dolor de guata, a varones líderes de opinión echando a competir las violencias e incluso invitando a elegir la más grave o la realmente importante. Como si las diversas injusticias no pudieran indignarnos a la vez, como si las reivindicaciones políticas fueran otro producto de consumo neoliberal.


Una tuitera lo resumía muy bien: no hay para qué defender una lucha menospreciando otra. Para qué traer a la disidencia las lógicas de competencia que nos dividen, sabiendo que el contrapeso sano en estos tiempos descarnados es la colaboración. A veces no se puede estar en todos los frentes. Se entiende. Hay luchas que no nos tocan, por nuestra historia, por ser quienes somos. A veces no hay tiempo. Pero una cosa es no poder comprometerse con una causa y otra diferente es tener el descaro y la insensibilidad de despreciarla abiertamente.

En Maus —ese libro precioso que narra el holocausto con ratones y gatos— Art Spiegelman lo explica perfecto: haber padecido en Auschwitz no te garantiza no ser racista, porque pasarlo mal no te hace mejor persona. Integrar un grupo discriminado no te libera al instante, no te salva de oprimir al resto ni te asegura tener la razón. Obvio que las identidades oprimidas se equivocan, también están aprendiendo. Lo que frustra es que haya gente a la que se le alertan sus fugas en buenos términos y en vez de reflexionar y reconocer que cometieron un error, se ponen a la defensiva.

Una esperaría que, con el mismo ahínco que le exigen “a los poderosos”, también se exigieran a sí mismos.

Quizá es porque es difícil reconocer los privilegios. Una se equivoca siempre. Yo tengo clarísimas mis variables de opresión: soy morena en un país donde el color de piel determina las expectativas de vida y soy mujer en un mundo comandado por varones, pero a la vez soy universitaria, soy joven, soy heterosexual, vivo en Providencia y soy flaca. Y con ese último me caigo mucho. Una amiga con obesidad, que conocí hace poco, ya me ha corregido el lenguaje varias veces, porque sin darme cuenta se me salen las taras de no comprender esa forma de discriminación.

Es un sinsentido pensar que si alguien te avisa que acabas de decir o hacer algo que reproduce violencia lo hace para joderte. Hay que estar dispuesta a asumir la posibilidad del error. Aceptar eso, pedir disculpas y aprender. Obvio que da pena o vergüenza: nadie quiere estar en el banquillo de los acusados, pero después viene el placer de haber descubierto una nueva forma de mirar el mundo, que te hace estar del lado de la única moral que creo vale la pena: la que se alinea con quienes han sido postergados o humillados.

El otro día escuché a alguien comparar ese aprendizaje con dominar otro idioma: una vez que observas la realidad desde una nueva dimensión política ya no hay vuelta atrás. Y eso es bueno, porque te cuestionas tus propias prácticas. Rescato mucho del feminismo ese recordatorio permanente, heredado de Gramsci y de Foucault, de que lo personal es político. Que es político cómo tratas a los niños y niñas, cómo reaccionas cuando te enojas, cómo te refieres a otras luchas. Parafraseando a Simone de Beauvoir: lo político es una forma de vivir individualmente, para luchar colectivamente.

Mientras quienes toman decisiones por el resto son un grupo pequeño y coordinado, acá, la fuerza disidente, se pelea y se divide. Un amigo lo escribía mejor que yo en su Facebook. Decía: “uno puede horrorizarse, a la vez, por la tortura de un niño y por la violencia simbólica, por algo que pasa en Chile o en Medio Oriente. No se trata de elegir en qué noticia militar, sino de que ese horror particular se integre a una lectura mayor para buscar cambios en las estructuras que generan esas distintas violencias. Y desde ahí, mover la cabeza, el corazón y la raja”.


Tal cual.

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