viernes, 25 de noviembre de 2016

Saquen sus rosarios de nuestros ovarios (o por qué ir a la marcha este 25)


El Dínamo

Esta columna tiene un objetivo sencillo: extender la invitación a la marcha del 25 de noviembre, contra la violencia hacia las mujeres, y explicar por qué le incumbe a todo el mundo.




Le incumbe, obvio, a las mujeres. Apelo a la rabia que producen las injusticias cotidianas. A lo arriesgado que es salir a la calle, habiendo tipos que dan agarrones o puntean con una confianza que no sé de dónde sacaron. A lo terrible que son esas historias —nuestras o de nuestras amigas— que hablan de mujeres que quisieron operarse para no tener más guaguas y en el médico les dijeron que no, porque eran muy jóvenes, porque se podían arrepentir, porque necesitaban la aprobación del marido. A lo agotador que es llegar a la casa y que esté el despelote y que a nadie más le importe. A lo horrible que es recordar alguna historia de abuso, cuando un pariente o un cercano nos impuso una situación sexual a una edad en la que aún ni sabíamos qué era el placer. A la frustración que da que a una la maraqueen si le gusta el sexo, si se embarazó a los 15 años, si usó una falda corta, si dijo que no cuando al principio había dicho que sí.

Todas estas situaciones son desigualdad o son violencia (que, al final, es lo mismo). Marchar sirve para denunciar que no nos gustan las agresiones que provienen de reglas dañinas que heredamos y que no participamos en construir.

La marcha contra la violencia hacia las mujeres también le incumbe a los hombres. Por las razones que quieran. Porque les incomodan las historias de abuso sexual de sus amigas o porque no quieren que sus pololas sufran acoso callejero. Porque quizá su viejo le pegaba su mamá y les gustaría que eso no se replique nunca. O porque les da lata saludar de beso a sus amigos y que haya tipos que les dicen maricones por eso. O porque efectivamente son gays y no aceptan pasarse la vida cargando la culpa de la diferencia y el miedo al rechazo. Porque les parece injusto que la crianza para niños y niñas sea tan dispar y porque les parece justo apoyar las diversas reivindicaciones del feminismo.

También convoca a las feministas, porque creemos en los cambios a través de la acción política y porque sabemos lo que significa que las mujeres se tomen el espacio público, ese lugar que nos ha sido tan esquivo en lo simbólico y hostil en lo cotidiano. El 25 de noviembre vamos a dar la cara por este movimiento que ha sido levantado con orgullo por mujeres, a quienes la política se les ha arrebatado desde siempre. Y es bellísima la paradoja: al negarnos la posibilidad de ser sujeto político es que nos convertimos en uno.

Vamos a gritar por lo pendiente: aborto, mismo sueldo por el mismo trabajo, cuotas y paridad donde sea que se tomen decisiones, políticas públicas con perspectiva de género, matrimonio igualitario, ley de identidad de género. Vamos a invocar los nombres de las 50 mujeres asesinadas este 2016. A no permitir el olvido, porque en la dictadura del machismo ellas son nuestras desaparecidas.

También vamos a celebrar lo avanzado. Aunque reparar el mundo que nos violenta sea un apostolado agotador, marchar siempre es una fiesta. Cantamos, bailamos, nos abrazamos. Gritamos Saquen sus rosarios de nuestros ovarios o cargamos carteles sagaces, que exigen Que la única sangre que corra sea de mi zorra. Ocupar la calle por una causa política es una catarsis preciosa, en la que nos conocemos y nos miramos y sabemos que en esta lucha, que es larga, no estamos solas.

Hay gente que dice que si marchar sirviera de algo, estaría prohibido. Esa frase me recuerda que hubo una época en Chile en la que justamente estuvo prohibido marchar, esos años en los que a la ciudadanía se le secuestró por decreto su voluntad política. Hoy las marchas se autorizan y la voluntad ciudadana todavía tiene demandas, como el fin de la educación de mercado y de las AFP. Dos modelos que se aprobaron en el tiempo en que marchar estaba prohibido y que ahora aparecen como urgentes gracias a que se han visibilizado a través de marchas.

Entonces, si algo nos molesta desde la guata o desde la teoría política o como testigos o desde lo vivencial, hay que demostrarlo en la calle. En las marchas el número importa y nadie que presente una reivindicación sobra. El 25 de noviembre es el día en que los movimientos sociales visten las consignas de nuestras compañeras. Y es indispensable que estemos con ellas ahí.

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