jueves, 1 de diciembre de 2005

El Resplandor

Tengo un montón de pelusas transparentes en mi ropa y muchas cosas de bebé sobre la cama. Mi chico me mira rojo de vergüenza. Yo intento contener la risa. Mi suegra compara los colores del primer pelo de su hijo con su color actual: “por más que lo bañé en manzanilla, igual se le oscureció”. Señora, es pelo, sirve para cubrir la cabeza y ya, pienso mientras comparo su pie con unos calcetincitos que caben en mi palma.

Mi chico es rubio. Para mí es un simple detalle, para el resto, algo así como un certificado de sangre azul. Por eso sus viejos pelean por adjudicarse el match point de los colores de su hijo: la mamá dice que viene por parte de ella, porque el abuelo es pelirrojo de ojos claros, y tanto ella como sus hermanas se jactan del crío ario que cada una engendró. El papá argumenta que es gracias a él, a su ascendencia. Mi chico es el último vestigio de un fracasado inmigrante italiano que no les dejó plata pero sí una herencia valiosa: la facha y un apellido que no comparten más de diez personas en el país. Para ellos eso es lo más importante, cómo si la raza superior de verdad existiera y ellos fuesen su máxima expresión.